Todo sobre el arte de Miguel Angel

Comenzaremos este recorrido con su primera gran obra “el baco”. Esta escultura de 2 metros le fue encargada cuando tan sólo contaba con 21 años por del cardenal Riario, que por cierto la rechazó, no me preguntéis por qué…

“La piedad”, una de las más dulces y serenas esculturas del renacimiento, pese al drama de la escena representada, en este caso el dolor de una madre que tiene sobre sus rodillas a un hijo asesinado. Fue además la primera vez que trataba un tema iconográfico, es decir una escena. La última fue por cierto la “piedad Rondanini”, que dejó inacabada al caer enfermo y morir, y en la que podemos ver parte del proceso de esculpido.

Nuestro artista, con tan sólo veinticuatro años decidió, como sería ya costumbre en él, escoger personalmente en las canteras el bloque de mármol más apropiado, ya que él siempre decía que la escultura ya se encontraba dentro del bloque, y que él tan sólo con paciencia y maña, retiraba la materia sobrante. Y así salió “la piedad”, una figura de bulto redondo, lo que significa que puede verse desde todos los ángulos, aunque el punto de vista preferente es el frontal. Muchos pusieron en duda la autoría de Miguel Ángel por la perfección de la figura y su temprana edad.

Siglos más tarde, un 21 de mayo de 1972 un geólogo australiano llamado Laszlo Toth cometió un atentado contra la escultura golpeando con un martillo hasta en quince ocasiones y en apenas unos pocos segundos el rostro y uno de los brazos de la Virgen, mientras gritaba ¡Yo soy Jesucristo, resucitado de entre los muertos!.

El rostro de la virgen quedó prácticamente destruido, así como su brazo izquierdo y el codo. La restauración se llevó a cabo mediante la reutilización de los fragmentos originales y gracias a la existencia de dos réplicas de las que se tomaron medidas y fotografías para garantizar la completa similitud con el original. Por cierto, el autor del atentado fue ingresado en un manicomio italiano y luego regresó a Australia. Desde entonces, la Piedad está protegida por una pared de vidrio especial a prueba de balas.

La siguiente de sus grandes obras es la escultura de “el David”, aunque ya hablamos algo en el vídeo sobre este curioso episodio, lo repasaremos rápido. Resultó que el bloque de mármol que contendría esta pieza era, allá a mediados del siglo XV, propiedad del gremio de tejedores. Por encargo de la catedral de Santa Maria del Fiori, Agostino di Duccio fue el primero en ponerse manos a la obra con este bloque de mármol, pero tan sólo vació un poco la piedra, y encima con malos resultados, dejando el bloque prácticamente inservible, así que fue abandonado. Ya en el siglo XVI, tres escultores dijeron que se atrevían a retomar el proyecto: Andrea Sansovino, Leonardo da Vinci y Miguel Ángel Buonarroti. A Leonardo seguramente no le dieran el encargo por temor a no verlo nunca acabado, pero la osadía de Miguel Ángel fue mucho mayor, ya que se comprometía a realizarla Ex Uno Lapide, es decir, que la escultura fuera de una sola pieza y sin añadidos, un reto impensable. Como bien sabéis nos encontramos en pleno Renacimiento, y se admiraban las míticas esculturas clásicas griegas, y Miguel Ángel estaba obsesionado con una pieza griega perdida y que sólo se conocía por escritos, el “Laoconte”, que según contaban había sido hecha de una sola pieza

Evidentemente, una figura hecha a partir de una pieza, significaba que un fallo haría que todo el trabajo pues se fuera a la mierda, pero MA debió pensar: “Si alguien pudo hacerlo, yo también puedo”. Así que decidió tallarlo en postura de contraposto para optimizar el bloque, y no sólo salió victorioso, si no que creó una figura de más de 5 metros que sería la clave de la etapa renacentista.

Pero no acaba aquí la cosa. En 1506 se desenterró en Roma una misteriosa estatua, Miguel Ángel fue a verla y la reconoció al instante: era el “Laoconte”, su mayor referencia en Ex Uno Lapide. Pero cuál sería su sorpresa cuando se dio cuenta de que no estaba hecho de un sólo bloque, sino que era un ensamblaje de cinco partes.

Y pasando a su pintura ya, porque si no, no da tiempo a nada, vamos por fin con “la capilla Sixtina”, aunque a Miguel Ángel no es que le hiciera especial ilusión, ya que su verdadera pasión siempre fue la escultura. Por entonces el techo de la capilla estaba cubierto de un cielo azul con estrellas doradas obra de Piermatteo d’Amelia, hasta que en 1508 se le encomendó a Miguel Ángel el repintarlo, debido a la aparición de grietas que debían ser reparadas. En la capilla encontramos principalmente dos obras, la bóveda y el mural del ábside, que contiene “el Juicio final”.

La bóveda se encuentra dividida a su vez en varios fragmentos que representan la historia del mundo y la humanidad antes de la venida de Cristo. En el fragmento de “la creación” encontramos la primera representación de Dios con cuerpo musculoso y una larga barba blanca, similar al dios griego Júpiter, cosa curiosa ya que solía ser representado como una mano apuntando hacia abajo a través de las nubes. El artista quiso dejar esta representación para el final, con el fin de aplicar toda su técnica y perfección a la hora de pintar al mismísimo Dios. Además, el conjunto de la escena forma al parecer algo muy similar al cerebro humano, con lo que el artista estaría tratando de representar el traspaso de la inteligencia al hombre. Otros dicen que lo que trataba de decir es que Dios no existe más que en nuestras cabezas, o que el dios real se encuentra en nuestras mentes. Allá cada uno con su interpretación.

En el panel titulado “La fruta prohibida”, se representa la tentación de Adán y Eva y en la parte derecha, la expulsión del paraíso. Pero quedémonos en la parte izquierda. Se habrán dado cuenta los que tengan la mente más suspicaz, y quizás más sucia, que la cabeza de Eva está a la altura de la entrepierna de Adán, aunque mirando en otra dirección. En cualquier caso, cuando Eva gire la cabeza se encontrará con el miembro de Adán, que está desnudo, justo delante de su cara. La Iglesia se percató y prohibió la reproducción de este panel durante siglos, casi hasta la llegada del siglo XX. Pero ¿la interpretación está en el artista o en el ojo del que mira?

Cuando acabó la obra, el pintor escribió un soneto sobre las condiciones en que había tenido que realizar la pintura de la bóveda, y decía así:

De afanarme en este trabajo me he ganado un bocio como las paperas que les produce el agua a los gatos de Lombardía… Los lomos se me han hundido en la panza, hago del culo, para contrapeso, grupa, y, perdidos los ojos, doy pasos en falso. Por delante se me alarga la pelleja, y, al inclinarme hacia atrás, se me rejunta de tal modo que quedo tenso como arco sirio. Con ello, mis juicios resultan erróneos y extravagantes, pues mal se puede apuntar y disparar con cerbatana torcida. Defiende tú ahora, mi muerta pintura y mi honor, pues ni éste se halla en buen lugar, ni soy yo pintor.

Pero esto no pareció importarle a los vaticanos, y en 1536 le encargaron la decoración de la pared del altar, que contenía ya otros murales de Perugino y que lamentablemente Miguel Ángel tuvo que sacrificar, lo cual le valió numerosas críticas.

Sobre esta realizó su “Juicio Final”. Esta es una composición giratoria, que va de izquierda hacia arriba y luego bajando por la derecha: los que van a ser juzgados, suben por la izquierda, los justos, se quedan arriba, mientras que los condenados bajan por la derecha hacia el infierno.

Debajo de los pies de Cristo está San Bartolomé, que tiene en una mano el instrumento con el cual fue despellejado vivo y en la otra su propia piel arrancada. La piel despellejada es un autorretrato de Miguel Ángel, lo que quizá es un reflejo del pesimismo de Miguel Ángel, ya mayor, en plena crisis de Fe. O también que odiaba pintar, y no hay nada peor que pintar, ni siquiera morir despellejado.

5 años más tarde la obra fue descubierta para su contemplación, y la desnudez de los personajes fue todo un escándalo. El Papa, Pablo III, lo aceptó bastante bien, pero no Biagio da Cesena, maestro de ceremonias del Papa. Él junto a otros nobles iniciaron una campaña de censura conocida como la “campaña de la hoja de parra”. Miguel Ángel decidió vengarse de este quejicoso tipo retratándolo en la obra como Minos, el juez del infierno y con orejas de burro.

Al verse retratado de tan indigna manera, Da Cesena se quejó al Papa, que tenía cierto sentido del humor le respondió: “Si el pintor te hubiera colocado en el purgatorio, yo podría ayudarte pidiéndole que te pusiera en otro sitio; pero como te ha arrojado al infierno, no está en mi potestad quitarte de penar, porque allí no hay redención posible”.

El quejica consiguió que algunos desnudos se cubrieran, pero pasó a la historia con orejas de burro y dominado por una serpiente infernal. Por desgracia esto no quedó aquí, y las quejas por los llamados “pantaloneros” hicieron cubrir muchos más desnudos, muchos de ellos por el artista Daniele da Volterra, que se ganó el apodo de “Il Braghettone” (“El Pintacalzones”).

Miguel Ángel pintó muchos más cuadros y os aseguro que tiene muchas más historias curiosas sobre sus obras, pero tenemos tiempo para más.

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