“LA PINTURA ES POESÍA MUDA; LA POESÍA, PINTURA CIEGA”

¿Sabías que Leonardo tan sólo pintó y finalizó 20 cuadros a lo largo de toda su vida?

Puede que no sean muchos, pero, como ya hemos visto, él era un artista multidisciplinar. Escribía sobre matemáticas, óptica, mecánica, geología, botánica, arquitectura, anatomía, ciencia, filosofía, ingeniería, música… y su afán era el de encontrar en ellas leyes, funciones y armonías que unificara su naturaleza. A esto se le llamará el ideal leonardesco de la «percepción cosmológica», el que trataba de unificar en un “todo” las leyes del universo.

Como ya hemos explicado, el joven y vigoroso Leo, comenzó como aprendiz en el taller de Verrocchio. Allí se dice que sirvió de modelo para dos obras de su maestro, una como San Miguel en el cuadro “Tobías y el ángel”, y otra en forma de escultura como “David”. Por lo que sabemos Leonardo no tardó en superar a su maestro. Aquí podemos ver en “el Bautismo de Cristo” el contraste de la dulzura de los ángeles pintados por Leonardo contra la brusquedad del Bautista de Verrocchio.

Viendo que tenía más capacidad que para dedicarse sólo a participar en los cuadros de su maestro, pronto comenzó a pintar sus propias obras. Aquí tenemos a “San Jerónimo” y “La adoración de los Magos”, que, cómo, quedaron inconclusos… De todos modos, muchos críticos le atribuyen algunas obras previas a estas que se creía pertenecían a Verrocchio, en concreto “la anunciación”, la cual se cree que es la primera obra completa existente de Leonardo.

Más adelante, en 1483, fue contratado por la hermandad de la Inmaculada Concepción para realizar una pintura para la iglesia de San Francisco. Leonardo se puso manos a la obra y deslumbró con la famosa “Virgen de las Rocas”, de la que hizo dos versiones. Su resultado final no estaría listo a los ocho meses como estipulaba el contrato, sino… veinte años más tarde. La primera versión se encuentra hoy día en el Louvre de París y la segunda en la National Gallery de Londres, aunque sobre ésta todavía hay quién duda de que fuera completamente autoría de Da Vinci. En ella vemos representado un pasaje apócrifo de la huida a Egipto, en el que la Virgen María y el niño Jesús encuentran al niño San Juan bautista huérfano en una cueva con el arcángel Uriel, quien se encarga de proteger a las personas que pasan por una mala etapa. Ambas versiones comparten la misma composición triangular en la que también se identifica a su vez otra interior circular, que recoge las cabezas de los personajes. San Juan es quién está junto a la virgen y no el niño Jesús, posiblemente para hacer una división entre los personajes divinos y los que no lo son. Pese a sus evidentes similitudes, hay también varias diferencias. La más sustancial es la pose del arcángel. En la primera versión apunta con su dedo a Juan bautista y dirige la mirada al espectador, y en la segunda simplemente dirige su mirada al niño Jesús. Además de las aureolas añadidas a la segunda, vemos como San Juan carga una cruz, elementos que fueron añadidos con posterioridad por otro pintor.

Mientras terminaba este primer encargo, pintó el que está entre mis retratos preferidos, “la dama del armiño”. Cecilia Gallerani, era la joven amante del duque de Sforza. Cecilia era inteligente y culta, e interpretaba música y escribía poesía, así que puede que por eso Leonardo decidiera retratarla con un armiño blanco, asociado con la aristocracia y símbolo de pureza, equilibrio y tranquilidad. También se dice que pudiera ser una alusión a Ludovico Sforza, en cuyo emblema había un pequeño armiño. Ahora sin embargo muchos se plantean que se trate de un hurón y no de un armiño, lo que al caso viene importando poco, porque lo verdaderamente atrayente de esta pintura es la expresión captada con esa media sonrisa.

Otro de sus sólo cuatro retratos femeninos es “La belle ferronière”, burguesa de París y una de las amantes del rey Francisco I de Francia. El nombre que recibe podría ser de la profesión que desempeñaba su marido (ferronnier, que significa ferretero o comerciante de hierro), o del nombre del mismo, Ferron. Este hombre fingió tolerar la conducta de su mujer, pero secretamente ideaba la forma de deshacerse de ella y su amante real contrayendo la sífilis. Ella murió pronto y Francisco no se curó jamás.

En la década de 1490 comenzó una serie de tratados, inconclusos también, ya que eran mayoritariamente notas sobre sus estudios y dibujos. En ellos se dice que creó la moderna ilustración científica, ya que el dibujo era el que explicaba el texto y no al contrario como solía ser. Aquí vemos al “hombre de Vitruvio” con sus proporciones perfectas, en el que también podemos observar su famosa escritura especular. Todos estos estudios fueron recopilados en el llamado “Codex Atlanticus”, llamado así por su gran tamaño ya que consta de doce volúmenes y 1.119 hojas.

En 1495, después de haberla liado parda varias veces en la corte de Ludovico, éste lo manda a pintar “la última cena” en un pequeño convento de su feudo. Tras mucha espera, el duque está impaciente por mostrar su gran obra, pero como no, Leonardo no la considera acabada hasta tres años más tarde. Necesitamos hacer un pequeño esfuerzo para comprender el esplendor original de la obra, ya que Da Vinci se puso experimental y pintó con óleo sobre yeso y pronto la obra empezó a deteriorase…. La pintura recoge el momento en que Jesucristo dice a los apóstoles aquello de «uno de vosotros me traicionará», captando la sorpresa de los comensales excepto la de Judas. Por cierto, el menú de la última cena es vegetariano.

Por entonces Leonardo ya era reconocido como uno de los mayores maestros de Italia. En el 1500 pinta el “salvator mundi”, una obra excepcional, hasta el punto de que los especialistas se refieren a ella como el Santo Grial en el mundo del arte, aunque se cree que es una copia de un original perdido. Era la única obra de Da Vinci que pertenecía a una colección privada, hasta que  la casa Christie’s lo puso en subasta y se vendió por 450 millones de dólares, superando por goleada a “Mujeres de Argel”, de Pablo Picasso, que tenía el récord en una subasta con más de 160 millones de euros.

Recibió varios encargos de los que sólo se conservan bocetos o copias, como “La batalla de Anghiari”, “Leda y el cisne” o “La Scapigliata” (la despeinada), que se convertiría en emblema de la defensa de las mujeres durante el siglo XVI. Pero sin ninguna duda la cumbre de esta etapa, y una de las pocas obras acabadas por Leonardo, fue el retrato de la Madonna Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo, razón por la que el cuadro es conocido también como La Gioconda. La obra fue famosa ya desde el momento de su creación, y rápido se convirtió en modelo de referencia del retrato. Aunque la mítica Gioconda ha inspirado infinidad de libros, leyendas, y hasta una ópera, poco es lo que se conoce sobre sobre ella como cuadro y como personaje. Ni siquiera se sabe quién encargó el cuadro, ya que Leonardo lo llevó con él allá a donde iba hasta sus últimos años en Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil piezas de oro.

Técnicamente fue en esta obra en la que perfeccionó su propio hallazgo del sfumato, logrando con ella plasmar el gesto más admirado, comentado e imitado de la historia del arte: la «enigmática sonrisa» de la Gioconda. Es muy posible que la magia e intriga de esta obra se deba precisamente a esta técnica, ya que las partes más expresivas del rostro humano, las cejas, los ojos y la boca, se encuentran ensombrecidos y difuminados.

Existe la leyenda de que Leonardo lograba ese gesto en su modelo haciendo sonar laúdes mientras ella posaba. Por cierto, la obra fue robada del Louvre en 1911 por un obrero italiano que trabajaba para el museo, y que fue descubierto dos años después cuando intentó venderla a un anticuario en Florencia.

Y no quiero aburriros mucho más, así que vamos con la que se considera su última gran obra, el “San Juan Bautista”, dónde se piensa retrata a su inseparable Salai con una enigmática y ambigua sonrisa y un dedo apuntando al cielo. Viste con pieles y sostiene en su mano izquierda una cruz, elementos que se añadieron más adelante por otro pintor.

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