Curiosidades del arte de Dalí

Cuando nos referimos a Salvador Dalí la primera imagen que nos viene a la mente es la de un personaje lleno de estrafalarias excentricidades, y fue esto mismo de hecho lo que valió parte de su fama, pero el artista es ante todo conocido como el resurrector del surrealismo europeo, así como que se le considera su mayor representante; sus ideas estéticas eran algo confusas para el humanno de a pie, así que llegó a crear el absurdo método “paranoico-crítico”. Lo definió como un sistema espontáneo de conocimiento irracional “basado en la asociación interpretativo-crítica de los fenómenos delirantes”. Inspirado en el psicólogo Freud, al que admiraba enormemente, explicó que gracias a un uso controlado de la alucinación y del sueño, lo que quería decir que lo paranoico o irracional debe someterse después a la inerpretación lúcida o crítica racional, así podremos identificar los iconos de los deseos y temores interiores del ser humano.

Mediante este método Dalí creo en su obra, con enorme precisión técnica, un universo onírico y simbólico, a la vez que inquietante y perturbador, que sería su seña.

Una obra ilustrativa del método es el cuadro titulado “Mercado de esclavos con el busto evanescente de Voltaire” de 1940, en el que los planos se entremezclan entre sí.

El retrato del filósofo está constituido por dos figuras que forman a su vez parte del grupo de personas de fondo. A la izquierda en primer plano, una mujer que se apoya en una mesa con fruteros, de los cuales el contenido es a su vez parte del conjunto de figuras que participan en el mercado de esclavos que titula la obra..

Si habéis visto el anterior vídeo sobre su vida ya sabréis que el artista pasó una temporada en París, justo después de haber realizado su primera exposición en las Galerías Dalmau de Barcelona, en 1925. Por entonces su obra ya había transitado por el cubismo y después por las corrientes realistas, como en su conocido cuadro “Muchacha en la ventana” del 1925 o su primera “Cesta de pan”, del año siguiente. Cuando Dalí se incorporó en París al grupo surrealista, atravaesaba momentos complicados con luchas internas, así que la gran vitalidad y extravagancia del joven artista española trajo aire nuevo al movimiento.

El artista saca así a la luz los aspectos más ocultos de su vida erótica, sus fantasías y sus deseos, convirtiendo a sus obras en sueños pintados. Sus “relojes blandos”, o los miembros hipertróficos sostenidos por muletas en “el espectro del sex-appeal”, así como los elefantes de patas zancudas en “la tentación de San Antonio”, son la expresión y a la vez liberación tanto de las obsesiones sexuales como de la angustia ante la muerte, y es el motivo de la mayor parte de sus cuadros en esta etapa, aludiendo a menudo directamente a la sexualidad, cómo el lienzo “El gran masturbador” (1929)

En un momento de su vida sufre una extraña obsesión con el “Ángelus” de Millet, del que realiza varias reinterpretaciones. La paranoia de que bajo el aparente misticismo de la escena campesina latía la presencia de la muerte llevó a Dalí al punto de pedir al Louvre que se realizara una radiografía del cuadro. Cuál sería su sorpresa al descubrir que sus intuiciones eran ciertas, y en el lugar que ocupa la carretilla se podía vislumbrar el contorno de un pequeño ataúd que Millet había pintado en un inicio pero que finalmente decidió eliminar.

En 1938 conoce por fin a su admirado Sigmund Freud, al que se consideraba el gran inspirador de la estética surrealista, pese a que el propio Freud no entendía muy bien qué habían visto en él la panda de jóvenes precursores del surrealismo, tras el encuentro anotó en su diario: “Hasta entonces me sentía tentado de considerar a los surrealistas, que aparentemente me han elegido como santo patrón, como locos integrales (digamos al 95%, como el alcohol puro). Aquel joven español, con sus espléndidos ojos de fanático e innegable dominio técnico, me movió a reconsiderar mi opinión”.

En 1936 pintó un cuadro que tituló “Construcción blanda con judías hervidas”, al que más adelante cambió el nombre por “Premonición de la Guerra Civil”, considerando que así lo había sido. Por entonces en mitad del conflicto de las dos guerras, se empezó a preocupar casi por completo por el valor económico de sus cuadros, tal y como predijo el surrealista Breton cuando le bautizó con Avida Dolars reordenando las letras de su nombre.

De particular relevancia en cuanto a la evolución de su obra resulta el viaje que realizó a Italia en 1937; de los clásicos adquirió el gusto por los temas religiosos y por una técnica más academicista, dando lugar a lienzos como “Madonna de Port Lligat” de 1950, “Crucifixión” del 54 y “La última cena” en el 55.

Y no sólo se dedicó a la pintura, ya que también realizó colaboraciones y encargos como diseñador de muebles y hasta de fragancias.

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